jueves, 26 de julio de 2012

Los Saludadores

Saludador o Salutador , proveniente  del latín salutator-oris, etimológicamente saludador es aquel que restaura la salud, es decir "dador de salud", y es una figura que surge, en el contexto cultural y antropológico que lo propicia, en la España que va desde el siglo XV hasta principios del siglo XX, figura bien considerada socialmente y que tuvo su importancia sociocultural, a pesar de los procesos inquisitoriales y otros. De origen popular, trascendió a todas las clases sociales sin excluir la Realeza.

CAPACITACIÓN PARA EL EJERCICIO DE SALUDADOR

Para poder ejercer su oficio, los saludadores debían ser examinados por los obispos en sus diócesis respectivas o por el Tribunal de la Inquisición, quienes les proporcionaban una licencia.

Lo curioso y diferenciador en el caso de los saludadores con relación a otros curanderos o sanadores es que de alguna manera estaban admitidos o fueron consentidos por la Iglesia, al menos  durante  ciertas  épocas.  De  modo  que  en  ocasiones  eran  los  propios  obispos  o  incluso  el  Santo Tribunal quienes se encargaban de examinarlos. Tan es así, que por parte de algunos obispados, el de Pamplona en 1581 y el de Cuenca en 1626, se determinaba que no se consintiesen saludadores sin la propia licencia eclesiástica y que ésta no se concediera si no era mediado previo examen. En caso contrario se mandaba castigarlos con todo rigor conforme al delito de actuar sin la preceptiva aprobación. Otras veces, al parecer disponían para el ejercicio de autorización n escrita proporcionada por una autoridad eclesiástica de menor rango, arcipreste, abad o canónigo.

A principios del siglo XVII el obispo de Oviedo, Álvarez de Caldas, dio esta orden “Mandamos que los saludadores sean examinados y no les admita ningún cura o concejo sin nuestra licencia o de nuestro previsor, so pena de excomunión o de mil maravedís”.

En 1663 el visitador eclesiástico que fue a la parroquia de Erenchún (Álava), donde existía una saludadora, mandó: “…damos comisión al cura para que repela y eche del dicho lugar y los demás de este arciprestazgo de Eguilaz donde supiere anda la dicha saludadora, y no la admita a exercer el dicho oficio en que se ocupa hasta que parezca ante el ordinario a ser examinada del dicho oficio…”.

En esa época, los saludadores de los pueblos valencianos necesitaban para dedicarse a realizar curaciones a afectados por la rabia, licencia del arzobispo.

Ambrosio de Montes, muy apreciado por los vecinos de Villa del Prado (Madrid) por su habilidad, había obtenido su licencia del Inquisidor General.

Otras veces eran examinados los saludadores por un arcipreste, un canónigo, un abad, etc.

Con estos exámenes los eclesiásticos comprobaban más que la capacidad del saludador para salutar, el que su poder no proviniera de un pacto con el demonio.

En la ciudad de Valencia existieron durante los siglos XVI y XVII examinadores de saludadores, funcionarios públicos designados por las autoridades para juzgar la habilidad de los que aspiraban a ejercer ese oficio. Durante algunos años tuvo ese cargo Domingo Moreno que era a la vez que saludador, artesano fabricante de agujas. Se realizaban los exámenes en presencia de las autoridades municipales y las pruebas consistían en curar a perros enfermos de rabia utilizando la saliva. Los aspirantes apagaban además una barra de hierro y un trozo de plata candentes poniendo la lengua sobre ellos. Superadas estas pruebas y tras prestar juramento, obtenían su licencia. Ejemplo de ello fue Joan Sans de Ayala, nombrado saludador de Valencia, sin salario, aunque con el privilegio de llevar y tener en su casa las armas de la ciudad.

En Murcia el 30 de enero de 1703, Fulgencio Sevilla, Saludador «en virtud de lizenzia que tiene para ello deste Ayunto.», suplicaba —ejerciendo y defendiendo sus derechos y prerrogativas— resolución para que un tal Miguel del Olmo, «que sea introduzido de pocos días aesta parte a ejerzer la misma facultad, no la use».  De ahí, pues, que el Ayuntamiento, atendiendo a tan justificada petición, exigiese al referido Miguel del Olmo cuantos documentos tuviese para el uso de tal oficio, disponiéndose finalmente, y al no poderlos aportar, que un Regidor —D. Alonso Perezmonte— acompañado de cualquier escribano, procediera a realizarle el correspondiente examen. En 1712, y sin que haya aparecido documentación de que las citadas pruebas se hubieran llevado a efecto en ningún momento, se presentaba ante el Concejo murciano nueva queja del ya mencionado Saludador Fulgencio Sevilla, quien, haciendo ver una vez más la intromisión de determinadas personas, que ejercerían tal oficio sin licencia, «pedía la supresión de tales excesos»,  lo que indica que el fenómeno del intrusismo, entendiéndolo como la presencia de personas no suficientemente capacitadas para determinados desempeños también se daba en los Saludadores.

No obstante, el oficio de saludador no era exclusivo de los hombres. En Enguera, pequeña  población de la Valencia interior, la actividad era ejercida en 1631 por una mujer, Josefa Medina, a la que se le exigió previamente una licencia que confirmara sus poderes concedida por el Arzobispo de  Valencia

CONTRATOS Y SALARIO DE LOS SALUDADORES

Para los menesteres laborales y en puntuales momentos de necesidad, los saludadores eran con frecuencia requeridos, contratados y satisfechos económicamente por parte de los Concejos o Ayuntamientos,  ya  de  ciudades  ya  de  pueblos,  llegando  incluso  en  ocasiones  a  consignarse  una cantidad  permanente  o  retribución  anual,  a  la  par  que  por  ejemplo  las  destinadas  al  médico, boticario, albéitar, cirujano sangrador, sacristán, guarda de campo o a la renta del toro semental etc

Los ayuntamientos contrataban a los saludadores pagándoles una cantidad de dinero o de trigo para que atendieran a los vecinos y a sus ganados. Si el saludador vivía en otra población se comprometía a hacer un par de visitas al año, casi siempre en primavera y otoño, y cuando se le avisase por haber ocurrido algún caso de rabia.

Otras veces la cantidad fijada en el acuerdo sólo era para pagar las dos visitas anuales y por cada vez más que el saludador fuese llamado, tenían que abonarle un jornal además de los gastos de caballerías, criado, manutención y alojamiento, en caso de que tuviera que hacer noche.

Hubo contratos entre municipios y saludadores que duraron bastantes años.

El último día de agosto de 1456 el Concejo de Nájera pagó 100 maravedís a un saludador que había llegado a la ciudad a sanar

En 1495 el de Madrid pagaba a Juan Rodríguez de Palacio, saludador de Getafe, un cahíz de trigo al año: “…por desde Nuestra Señora de agosto en un año con salario de un cahíz de trigo, con que sea obligado de venir cada vez que la villa le llamare…”.

Unos años después seguía sin haber saludador en Madrid, y decidieron sus autoridades pagarle el alquiler de una casa al de Alcobendas para que se fuera a vivir allí: “Acordaron los dichos señores, que porque en esta villa no hay saludador y se daba salario al de Alcobendas y se avía d’enbiar por él cada vez quera necesario y se viene a bevir a esta dicha villa, Juan Garçia, saludador, el qual no pide, salvo que la dicha le dé una casa en que more e gela pague que le davan e dieron para el alquiler de la dicha casa, 500 maravedís por un año”.

Refiere Pio Caro Baroja, en Los Vascos que “en los archivos de Valmaseda (Vizcaya), villa encartada, que ponía un cuidado particular en remediar las plagas de las viñas no solo con conjuros y exorcismos efectuados por sacerdotes expertos, sino también contratando saludadores de fuera (en 1516, 1529, 1532, 1583..etc…)”.

En El  Burgo  de  Osma (Soria),  al parecer  no  debía  existir  saludador  propio encargado  de  esos  menesteres,  si  bien  si  recurrió la localidad a solicitar sus servicios en algunas ocasiones. Así, en 1601, el propio Ayuntamiento pagó 2.555  maravedís  al  saludador  de  Herreros  que  vino  a  saludar al  ganado  enfermo.  En  1620  se documenta un descargo de 12 reales por ir de nuevo en su búsqueda. Y ya en 1667 se abonan otros 22  reales  de  la  paga  de  fin  de  diciembre  a  Bartolomé  Sanz,  saludador  y  también  vecino  de Herreros.  Datos  todos  que  a  la  vez  nos  revelarían la  tradición  en  saludadores  de  este  pueblo soriano

El concejo de Lagrán (Álava) pagaba a una saludadora en 1605, de acuerdo con el contrato hecho con ella, dos fanegas y media de trigo al año que entonces valían 42 reales.

El Ayuntamiento  de  Enguera (Valencia)  abonaba  el  3  de  julio  de  1621  a  Alfonso  de Medina la cantidad de 4 libras, que se habían de pagar anualmente, y le nombra saludador «para que  los  que sean mordidos  por  perros rabiosos  los  cure  con su saliva».

También hubo mujeres saludadoras como María  Almarza, saludadora  de  oficio,  fue  durante  la  primera  mitad  del siglo  XVII  llamada  y contratada en repetidas ocasiones por la localidad Navarra de Viana para saludar a la gente y los ganados por causa de la rabia. Finalmente incluso llegó a disfrutar hasta 1634 de una pensión anual concedida por la villa

El saludador que contrató el ayuntamiento de Hernani (Guipúzcoa) en los años de 1635 a 1643, percibía 50 reales anuales por visitar la villa una vez en marzo y otra en septiembre.

La ciudad de Valencia en 1661 abogaba ante el Consejo de Aragón para el nombramiento de un  saludador  y  sugería  su  salario.  En  1670  pedía  licencia  para  dar  asimismo  un  estipendio  al saludador de la ciudad.

Así, en Orihuela en los albores del siglo XVI, según J. Rufino Gea, para combatir los males se disponía de cuatro boticas, cinco saludadores y tres médicos.

Las gentes de Burón, así como las del Concejo de Riaño, durante el siglo XVIII, tenían por norma contratar los servicios de un saludador, para que «saludase» a sus ganados. En el caso de Burón, y tal como se desprende de las Ordenanzas Municipales, dicho saludador no debía salir del término del Concejo en el plazo de un año, debiendo estar dispuesto en todo momento a atender a las reses enfermas. En el caso de Riaño se solía traer un saludador de Tierra de la Reina o de Palencia, y, a diferencia del anterior, éste sólo acudía en caso de que fuese requerida su presencia, viviendo casi siempre fuera del término del Concejo. Según reza en los libros de cuentas del Concejo de Burón, se pagaba al saludador 50 reales por sus servicios. y tal como figura en un documento fechado en el año 1742, en el que se hace mención a los gastos del Concejo en el ejercicio del año anterior, se justifican «23 reales que dieron a Joseph Sierra por ir a buscar al saludador», así como «35 reales que llevó al saludador de Billada». (Revista de Folklore nº 111, pag. 75 – 82).

El concejo de Rascafría pagó los servicios de un saludador de la localidad de Sotosalvos en Segovia en 1730 "para que fuera a recoger los ganados para saludarlos" pero también de una saludadora por dos veces como consta en 1716 El concejo de Bustarviejo envió a una persona de confianza para ir a Colmenar Viejo a buscar a un saludador en 1721 porque unos perros con rabia habían mordido a algunas reses. Le encontró y tanto en 1722 como en 1724 se le pagó para "saludar los ganados" de la localidad y de Navalafuente. Desconocemos la identidad de este saludador de Colmenar Viejo, sin duda conocido en la comarca, ya que fue solicitado, más de veinte años después, por el concejo de Rascafría en 1748.

El tantas veces recurrido Catastro de la Ensenada nos proporciona referencias sobre varias  localidades, así, la burgalesa de Valdeande, incluida en 1753 en la diócesis de Osma, por medio de su Concejo  tenía  consignada  por  entonces  para  el saludador la  dotación  de  2 fanegas  de  trigo  o cebada. En  1752  y  en  el  lugar  de  Maello,  jurisdicción  de  Segovia,  el  gasto  anual  del  Común  considerado para el saludador y recogido en el Catastro era de 69 reales.

A mediados del siglo XVIII y en el mencionado Catastro de la Ensenada fueron registrados como tales cinco saludadores en cuatro localidades de Soria:

Deza, donde figuraban dos saludadores a los que se les consideraba a cada uno 400 reales de vellón de utilidad. Se trataba de Alejandro Lozano, con 6 hijos y Pedro Manrique con 7

Berlanga  de Duero  contaba  con  el saludador Antonio Groba,  al  que se le regulaban  unos ingresos anuales de 50 ducados (550 reales de vellón). Contaba con un hijo.

En Castilfrío de la Sierra el saludador se llamaba Joseph Ruiz de Arrivas, de utilidad al año 229 reales de vellón, siendo a la vez que saludador mesonero.

San Esteban  de  Gormaz  contaba  con  un saludador  llamado  Felipe  Sanz, regulándose  una utilidad o renta anual de 550 reales

En estos casos la ganancia estimada o considerada para los saludadores en relación con los profesionales sanitarios,  médicos,  boticarios  y  albéitares era  más  menguada  que  la  de  éstos.  Se  supone que por razones obvias ya que sus intervenciones serían más extraordinarias.

Estas diferencias de salarios dependerían, lógicamente, del número de vecinos de cada población y de las cabezas de ganado que tuvieran que ser atendidos. Así, por ejemplo, a mediados del siglo XVIII, según el Catastro de Ensenada, en el pueblo madrileño de Cabanillas de la Sierra, con sólo 41 vecinos, pagaban a un saludador 45 reales al año mientras que en otros con mayor número de habitantes como Chinchón, Guadarrama y Moralzarzal les daban a los suyos 400, 130 y 100 reales respectivamente.

Un dato curioso, que demuestra la actuación de los saludadores en corridas de toros, se produjo cuando se propagó la noticia de que los toros castellanos procedentes de Tordesillas, que habían de ser lidiados el 8 de julio de 1677, padecían “defecto de haberlos ojeado”, por lo que el Ayuntamiento de Pamplona contrató a un saludador, Domingo Pesador, que cobró una cantidad parecida a los estipendios pagados a los catorce toreadores navarros que intervinieron. A este saludador se le abonaron los honorarios al día siguiente de la corrida.

Cuando el saludador era un niño, el acuerdo se firmaba con su padre. En 1711 había en Oyón (Álava) un niño de 14 años llamado José Ruiz que tenía, según su padre, gracia gratis data para curar la rabia. Fue contratado por el municipio de Berredo (Álava) por 30 reales al año, más los gastos, para que les asistiese en “todas las ocasiones que subzediese penuria de dicha enfermedad”. Acudiría “con toda puntualidad y solo avisso de palabra o escrito”.

ACEPTACION SOCIAL , CRÍTICA Y PROHIBICIONES

Los saludadores estuvieron en general socialmente bien considerados, y muchos de ellos gozaron de buen prestigio por su gracia para curar la rabia.

Catalina de Cardona fue una famosa saludadora al servicio de Felipe II y de personas de la nobleza.

A principios del siglo XVIII, José Méndez, saludador de Villa del Prado, estuvo exento, como los nobles y eclesiásticos, de pagar la mayoría de los impuestos durante años.

El Ayuntamiento de Ibahernando (Cáceres) tomó el acuerdo en sesión plenaria celebrada el 21 de enero de 1894, de animar a los ayuntamientos de los pueblos limítrofes a fin de que todos unidos pagaran a un hombre para que sustituyera en el servicio militar a Felipe Cancho, saludador, porque era “de gran utilidad a esos pueblos”.

Por el contrario, otras muchas personas consideraron a los saludadores como unos embaucadores que se aprovechaban de la ignorancia de las gentes.

El canónigo salmantino Pedro Ciruelo escribió a mediados del siglo XVI fuertes críticas contra los saludadores:  “…para encubrir la maldad, fingen ellos que son familiares de San Catalina o de Santa Quiteria y que estas santas les han dado virtud para sanar de la rabia …y así con esta fingida santidad traen a la simple gente engañada tras sí…”.

Quevedo en Los Sueños sitúa a los saludadores en el infierno “condenados por embustidores”.

Feijoo en el discurso primero del tomo tercero de su Teatro crítico universal, arremete duramente contra los saludadores descubriendo las trampas de que se valían para poder pisar barras de hierro al rojo, meterse en un horno, etc. Cita el fraile benedictino varios fracasos de saludadores que habían elegido ese oficio para vivir sin trabajar, como aquél que decía que “con soplar los días de fiesta ganaba lo que había menester para holgar, comer y beber toda la semana”.

Los saludadores que empleaban sólo el poder de su aliento y su saliva para sus curaciones, sin pactar con el demonio, no fueron perseguidos por la Iglesia. Hubo incluso un clérigo saludador en Ariniz (Álava) en 1629.

Acerca de las condenas que la Iglesia imponía a los saludadores, de un canon de la Diócesis de León, fechado en el año 1651, y que reproduce la Constitución Sinodal número 100 del obispo Trujillo: “Que nadie cure con supersticiones, ni se consientan saludadores, cure con ensalmos o nóminas, ni cosas que huelan a superstición, como es decir palabras supersticiosas, cortar céspedes o yerbas, cintas, lienzo o paño, o seda de los vestidos, o pasando enfermos por cerco, o por agujero, o haciendo otras hechicerías».[...]

En  una  sociedad  fuertemente  sacralizada  y  ante  la  proliferación  de  todo  tipo  de embaucadores y farsantes dedicados al lucro mediante supuestas dotes curadoras, no era infrecuente que  Tribunales  de  la  Inquisición  iniciaran  procesos  de  fe  por  honor  de  oficio  contra  ciertos saludadores  y  suplantadores.  Así  en  Valladolid  en  1771  sería  procesado  con  esos  cargos  José Ignacio  del  Castillo,  saludador  natural  de  Fuensanta.  En  Cuenca,  lo  fueron  también  Antonio Llorens, saludador originario de Utiel en 1771 y José Ruiz, saludador de Sigüenza en 1765.  Por esos años y en Logroño el procesado por el Tribunal de la Inquisición por saludador y pacto con el demonio fue Pablo González, labrador originario de Alfaro. Algunos de ellos fueron condenados por la Inquisición pero sólo por carecer de licencia o tenerla falsificada, como aquel individuo de Jaén que decía tener título de saludador y al ser procesado en 1776 declaró que se lo había hecho un catalán por cuatro reales.

Otros muchos saludadores ejercieron a la vez de ensalmadores, conjuradores, santiguadores, etc. En 1696, la madre del rey Carlos II, doña Mariana de Austria, manda llamar a un conocido saludador manchego para que la cure de un zaratán (cáncer de pecho) diagnosticado de incurable por los médicos de la corte. Murió el 16 de mayo de 1696 en Madrid (Granjel I.,S. 1974, pag 57 – 58)

Todos esos saludadores que empleaban en sus ceremonias oraciones cristianas, persignaciones, estampas religiosas, etc., fueron perseguidos y castigados.

Rodrigo de Narváez, saludador de Jaén, fue juzgado por la Inquisición en 1572 debido a que “por la invocación que tenía de los demonios decía cosas por venir y acertaba en ellas… y miraba las manos y decía lo que entendía de las rayas…”

En las Constituciones Sinodales de 1581, del Obispado de Pamplona, en el capítulo “De Sortilegiis” se dispone:”...Por experiencia vemos, que hacen gran daño a la República Cristiana los ensalmadores, saludadores y bendecidores, por lo que comúnmente los que usan semejantes abusos, quieren aplicar sus falsas palabras por vía de medicina, que ni son ciertas, ni aprobadas según nuestra Santa Fe Católica. Y porque deseamos extirpar de nuestro Obispado semejantes cosas S.S.A. estatuímos y mandamos, que ninguna persona, sin licencia nuestra y aprobación o la de nuestro Vicario general, no permitan en nuestro Obispado saludadores, o bendecidores no aprobados, ni nóminas; y mandamos los castiguen con todo rigor, conforme a su delito. Y encargamos a los Rectores, Vicarios y Confesores de este Obispado en las confesiones tengan gran cuenta y cuidado de amonestarlos y corregirlos”.

Gaspar Navarro, canónigo de la Iglesia de Montearagón (Toledo), aconsejaba a los vicarios generales y obispos que antes de dejar curar a los saludadores en sus diócesis, vieran si lo hacían porque tenían gracia gratis data o si era por pacto con el demonio.

En Aragón fueron castigados muchos saludadores por dedicarse también a la hechicería.

Isabel Gil, vecina de Mira del Río (Cuenca) no sólo era saludadora a mediados del siglo XVIII, sino que se dedicaba también a santiguar y conjurar los ganados de los pueblos próximos al suyo, por lo que fue procesada y castigada.

Hacia mediados del siglo XVIII el número de saludadores farsantes y pícaros aumentó de tal forma, que se les prohibió ejercer sus actividades por las autoridades civiles y eclesiásticas.

En Guipúzcoa las Juntas Generales mandaron en 1743, que las justicias de los pueblos impidieran a los saludadores hacer curaciones y ensalmos.

El Real Despacho de 24 de diciembre de 1755 ordenaba: “Que de aquí adelante no se paguen de los efectos de la República maravedís algunos a ningún saludador por salario ni en otra forma, so pena de que lo contrario haciendo, se cargará a los capitulares como a particulares”.

En el Título VIII, artículo 24 de las Ordenanzas judiciales y políticas del Principado de Asturias de 1781, se mandaba: “A los saludadores como gente ociosa, ignorante o mal instruida en la doctrina cristiana y perjudicial a sus vecinos, que simple o vanamente confían en la eficacia de sus oraciones, deben los jueces perseguirlos por todos medios…”. El castigo para estos saludadores era de seis meses de prisión, pero saldrían de ella los días festivos a oír misa y ser instruidos en la doctrina cristiana. En el artículo 25 del mismo título de las Ordenanzas, se exponía: “A los que admitan en su casa estas gentes o se aprovechen de sus vanas oraciones y supuestas gracias, se les condena en dos ducados de multa por cada vez que lo hagan”.

Tres años después el obispo de Oviedo, González Pisador, comunicaba: “Item por quanto estamos informados que diferentes personas fingiendo tener la gracia de saludadores andan vagas por nuestro Obispado, dándose a este modo de vida con seducción de los pueblos y gente sencilla… mandamos a todos los curas que no permitan en sus parroquias a semejantes saludadores y a éstos que no usen en manera alguna de dicho oficio y fanatismo, so pena de excomunión mayor…”.

A pesar de estas órdenes siguieron existiendo saludadores hasta principios del siglo XX.

A fines del XIX había repartidos por diferentes barrios madrileños unos 300, de los que más de la mitad eran mujeres.

En la segunda década del siglo XX en algunos pueblos del suroeste de la provincia de Madrid, utilizaban todavía los servicios de saludadores para curar a sus ganados.

No hay duda de que entre los saludadores hubo muchos embaucadores y farsantes, pero también otros que supieron curar la rabia sobre todo los que además de soplar y untar con su saliva, emplearon el alcohol, el vino o ciertas hierbas para limpiar y desinfectar las heridas.

Fray Martín de Castañega que estudió estos temas, reconocía en 1529 la gracia que tenían algunos saludadores para curar.

El mismo Feijoo opinó que “posiblemente entre millares de saludadores haya alguno que tenga gracia gratis data curativa de la rabia”.

Aunque la credulidad e ignorancia de la mayoría de las personas era grande en siglos pasados, no creemos que hasta el punto de, con los pocos recursos económicos que en general tenían, pagar durante años a una persona, proporcionarle gratuitamente una vivienda, eximirla del pago de impuestos, etc., si no hubieran apreciado alguna curación en ellos o en sus ganados.

DATOS HISTORIOGRAFICOS

El primer dato historiográfico que tenemos del oficio de Saludador es del año 1483, y concretamente en la villa de Madrid, donde, según recoge José Manuel Castellano Oñate, en la web el Madrid Medieval sobre los oficios existentes en aquel momento en Madrid: " En 1483 nos visitó uno, al cual se pagaron 10 reales por "saludar a varias personas que avía mordido un perro que rraviava" , y en 1495 se contrató a Juan Rodríguez de Palacio , vecino de Getafe, "por desde Nuestra Señora de agosto en un año, con salario de un cahiz (doce fanegas) de trigo, con que sea obligado de venir cada vez que la Villa le llamare" .

Posteriormente aparecen noticias sobre Saludadores en los tratados anti-supersticiosos del franciscano Fray Martín de Castañega (Tratado de supersticiones y hechicerías, 1529) y del catedrático de filosofía Pedro Ciruelo (Reprobación de supersticiones y hechicerías, 1556).

En Álava no faltaba el tomarlos a su servicio para casos concretos de enfermedades en el ganado o en las personas. Dice Fortunato Grandes: "prueba de es la partida siguiente que consta en las cuentas municipales del Ayuntamiento de Salvatierra, de 1578 a 1579: "Tres ducados que por nuestro acuerdo y mandato distes y pagastes o los habéis de dar y pagar a Martín Saez de Otaza, Saludador que por nuestro acuerdo y mandado vino a esta villa para que saludase a las gentes y ganados della porque habían andado en esta villa ciertos perros rabiosos y ganados y para quitar sospecha e inconveniente que a debizote (?) sucederían se mandó traer y se le dieron por los días que estuvo en esta villa e trabajo que rescibió en ella los dichos tres ducados". Más tarde vemos contratado el servicio de saludador desde 1689 a 1772, valiéndose de éste como si fuera un verdadero talismán o remedio infalible contra la rabia y otras enfermedades del ganado. En la primera de estas fechas contrataron a Gabriel de Izaguirre, vecino de Oñate, en una fanega de trigo al año y ocho reales por cada día que viniere a visita ordinaria los meses de marzo y agosto; el 1727 hicieron nada menos que escritura por nueve años con el saludador José Ruiz de Eguino, vecino de Oyón; en 1736 se acuerda por el Ayuntamiento abonar al saludador los dos viajes que ha hecho para saludar el ganado con motivo del contagio que ha habido, además de las visitas que entre año tiene obligación; y en 1772 se abona en las cuentas a Catelina, mujer de Antonio Madariaga, vecino de Cegama, ciento cincuenta reales por dos viajes para santiguar el ganado con motivo de haber andado un perro rabioso y sospecha de que había mordido a un animal, siendo de advertir que la Saludadora era la mujer y vino dos veces en dicho año.
Y en el catastro de la villa de Madrid (1759 – Catastro de Ensenada) en el Legajo 20 aparece inscrito en el Registro oficios, el Gremio de SALUDADORES, terminando con la siguiente expresión "Todos con sus relaciones, notas, liquidaciones y los correspondientes autos de comprobación".

En 1601, según Maria Tausiet, en las calles de Zaragoza tenían la denominación de los gremios existentes en aquel momento, siendo uno de ellos el de los Saludadores, por lo que también tendría su calle.

En 1630, el cabildo municipal de Jaén pagó al Saludador Juan de las Peñas, veinticuatro reales "por el beneficio público que hace con la gracia que Dios le dio y salud de los ganados, el qual a de asistir todo este año...".

El cabildo municipal de Jaén dio licencia, en 1631, al Saludador Gaspar de Blanca, vecino de Torredonjimeno, "que dize tener gracia de curar lamparones".

Francisco Longas, Saludador, vecino de Almería, condenado por la Inquisición en el año de 1696, por poseer licencia falsa.

Antonio Catalán presenta  en 1730 ante el Concejo de la ciudad de Murcia un Memorial pidiendo licencia «para saludar del mal de rabia en atención a la grazia que Dios le a dado»

En Murcia, el martes 16 de Noviembre de 1756, “se otorgó licencia al saludador Juan Manuel Arroyo para usar la gracia de saludar de accidente de rabia en la ciudad y provincia, por haber practicado el Regidor Comisario, Gaspar de Piña, varias diligencias y resultar probada su habilidad”.

La gracia del saludador no es sólo reserva seglar, pues que también se aloja en los clérigos:  En 1758 moría Fray Manuel Jerónimo Esquivel, murciano residente en Vélez Blanco quien, habiendo renunciado a una cátedra de Teología tenía gracia de dirección y curación de “energúme-nos y maleficiados”, que le iban a buscar desde pueblos distantes y a los que sanaba de cuerpo o de espíritu, según la naturaleza del daño, por “la eficacia de sus conjuro”.

Los saludadores roselloneses salutaban el mal signando a veces con un grano de trigo y recitando oraciones.

Otras citas de salutadores o saludadores en España las podemos ver recogidas en la obra de Jesús Callejo e Iniesta Villanueva, o en la de Mariño Ferro . Había, en efecto, municipios y hospitales que contrataban los servicios de los salutaores desde el siglo XVII como algo relativamente normal, aunque siempre vigilados de cerca por la Inquisición, los cabildos y los concejos municipales, y pese a que recurrían a signos cristianos para sanar a los enrabiados o a los enfermos: cruces de Caravaca, crucifijos de bronce, agua bendita, oraciones católicas como el rosario, devociones a vírgenes y santas,... etc.

Con estas notas historiográficas, planteamos unas líneas de investigación interesante sobre el proceso sociocultural y antropológico de las prácticas de salutación relacionadas con los elementos naturales y sobre todo ecosociales.

Fuente: Revista de Folklore nº 339 , tomo 29, año 2009, pag. 75 – 79 Los Saludadores http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.cfm?id=2556

Bibliografía

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LÓPEZ DE GUEREÑU Gerardo: Brujas y saludadores, en "Homenaje a Don José Miguel de Barandiarán", t. II, Diputación de Vizcaya, Bilbao 1966, 161-188
MÁRTINEZ RODRÍGUEZ Juan José: Historia médica de Irún (1546-1936), "Luis de Uranzu, Kultur Taldearen Aldizkaria", 1991, n.° 8, San Sebastián 1992, 623 pp.
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